Río Nocturno

Hoy es otra noche de luna llena y no hay mejor excusa que esa para entrar al río otra vez.

 

Desde Puerto Tablas, veinte remadores vamos al agua en kayaks, con bastantes ganas de despegarnos del ruido de la tierra. Dispuestos a soltar todo, al menos por un rato.

 

Remando hacia el silencio del río, vas concretando un verdadero acto de entrega, porque te das de lleno a la naturaleza.

 

A cada metro remado, soltás más barreras. En lo cotidiano no te das cuenta de que están, se hacen imperceptibles: son las calles de concreto cargadas de autos rugiendo de acá para allá, las paredes de cemento que te aislan de la naturaleza. Funcionales para miles de necesidades diarias, pero barreras entre la naturaleza y nosotros al fin.

 

Ahora sí, sos todo oídos para escucharla, ella es todo lo que ven tus ojos y siente tu tacto. Río adentro, todos tus sentidos se abocan a ella.

 

Una vez llegados a 2 km de distancia de la orilla, dejamos el movimiento y respiramos la quietud. Un descanso chiquito pero eficaz, divino para recostarse y dejar que tus pies toquen el agua.

 

El oleaje, calmo pero constante, te va limpiando de las preocupaciones innecesarias. Quizás sea porque un poco te remonta a cuando eras muy chico, cuando te acunaba tu mamá para que apagues un llanto, descanses en tranquilidad, o solo juegues un rato.

 

De alguna manera, volvés a tomar consciencia de que, no importa cuánta experiencia o años hayas vivido, siempre vas a ser muy pequeño. No solo por las dimensiones reales que en un momento como éste percibís de la naturaleza, sino por su poder que, incluso en una noche serena, logra imponerse por sobre cualquier cosa.

 

Y así volvés a ser como un bebé meciéndote en su oleaje, la marea y el viento.

 

El mismo viento que te acerca un aire bien fresco. A veces a tu favor, otras veces en contra, pero nada que no puedas superar con ganas de remarla. Sobre todo si contás con un equipo como éste, que te alienta, sabe reírse y tomar con humor las adversidades que el cansancio pueda darnos.

 

Durante la travesía, la luna roja siempre asciende mutando de naranja a amarilla, cada vez más plateada. Sin dudas, todos nos identificamos con esa transformación: también volvemos a tierra firme distintos, más elevados, sobre todo, muy livianos. Porque la naturaleza logró que nos reencontremos con nosotros mismos. Y eso es invaluable.